Peñalara, conquistado.

116 kilómetros, 5100 metros. Son la distancia y desnivel positivo del Gran Trail de Peñalara. 25 horas, 20 minutos el tiempo que empleamos en recorrerlo.. pero empecemos por el principio.

Sin apenas dejar tiempo a Juan para que se aclimatase a Madrid, nos recogieron para ir a retirar los dorsales de la carrera. En las inmediaciones del polideportivo de Navacerrada se podía intuir que no era una prueba cualquiera. Las miradas nerviosas de los corredores eran una constante.

Una vez que nos pusimos el «traje de faena» y con los dorsales a buen recaudo, nos dirigimos a la salida para cenar algo y terminar de preparar el material de la carrera. Intercambiamos palabras con algún otro corredor experimentado en esta prueba, pues la experiencia es un grado.

Nos pusimos rumbo a la salida a eso de las 23:00; hasta esa hora mi familia estuvo arropándonos en todo momento, pendientes que no nos faltara de nada.

Una vez superado el control obligatorio nos situamos en la salida; ni muy delante ni muy detrás, pues en el término medio está la virtud. Nos avisan de que es necesario encender los frontales y comienza la cuenta atrás. Mi mirada se cruza con la de mi padre, mi madre y mi novia – «los volveré a ver en la Granja»- pienso. Abrazo a Juan – «Cabeza y despacito, hermano»

No estoy nervioso, sólo soy consciente de lo que me rodea. La temperatura es buena, no hay nubes en el cielo. Juan está a mi izquierda, mi familia a mi derecha. Estoy listo.

Las 23:30 llegan, y con ella la salida. Una última mirada a mi familia, y un impulso me lleva a lanzar un beso de despedida.

Navacerrada-Maliciosa-Canto Cochino-Puerto de la Morcuera.

Cruzamos el arco de salida, y nos dirigimos por las calles del pueblo; aplaudidos por la multitud que se congregaba en los alrededores. Rápidamente enfilamos hacia la carretera; el parking de la Barranca pronto queda a nuestra derecha y nos dirigimos hacia el primer «hueso» de la prueba.. la Maliciosa.

La subida es veloz e impulsada por la multitud; con la ayuda de los bastones y la frescura del inicio no tardamos demasiado en llegar al primer control a 2227 metros en la cumbre de la montaña. Por el camino ya han sido varios  los corredores que han sufrido una caída o un mal gesto; y ahora una vez arriba una ligera niebla no nos deja suficiente visión – «¿Ves algo Juan?»- mal, me contesta. Decidimos ir despacio pero seguros, mejor algo más lentos que un abandono en la cumbre de la montaña.

Bajar la Maliciosa de día es fácil, de noche es más complicado. No llevo demasiado tiempo entrenando en montaña, y decido ser cauto e intentar no «matarme» bajando. Lo de Juan es otro cantar, parece una cabra feliz entre tanta roca. De repente dirijo mi mirada hacia atrás -«Mira Juan, es impresionante»- y es que la panorámica de todos los frontales tras nosotros como una serpiente de luz, es un regalo para los ojos.

«Aah»- mi tobillo se ha doblado, cogeo y me duele, pero no paro de correr. Sería la primera de muchas, pero estoy más que acostumbrado a ese dolor. Lo he sufrido entrenando y sé que en pocas zancadas cederá.

El descenso continúa, más preocupados por no provocarnos una lesión desafortunada que por el tiempo de corte. Por fin salimos a pista, de ahí a un sendero sin piedras; corremos raudos hacia el segundo control y avituallamiento antes de ascender por Canto Cochino.

Tomamos coca-cola, recargamos los bidones con agua y comemos algo; nos regalamos apenas 5 minutos sentados en las típicas sillas rojas de terraza de verano. Canto Cochino aguardaba.

Esta parte ya la conocía, había entrenado hacía semanas esa misma subida; y sabía lo que esperaba: una pared y un angosto camino. Rápidamente se formó un «tren» de corredores, había que tener paciencia y esperar al siguiente tramo para adelantar.

Justo después vino la Pedriza; y pudimos correr sin problema. Los minutos pasaban  y disfrutábamos el recorrido. Un cuentas torceduras de tobillo, pero poco más. La Hoya de San Blas nos recibió con su avituallamiento, y en la misma tónica de siempre «recargamos baterías». Aproveché para sentarme y revisé mis pies: se habían movido las protecciones para evitar las ampollas. Las quité y puse unas nuevas, el éxito de mi carrera dependía de ello.

Dejamos el avituallamiento, y empezamos a ascender andando con los bastones; nuestro ritmo era bueno. Muy bueno a decir verdad. Todo pista para nosotros dos, la noche y unas increíbles vistas. Poco después de las 6 de la mañana decidimos retirar los frontales, la cabeza ya empezaba a doler después de tantas horas con la presión de la goma. Seguíamos con buenas sensaciones y cumpliendo para no quedarnos fuera del tiempo de corte.

«Para Juan, me han subido mucho las pulsaciones»- noté como una sensación extraña me abrazaba. No sé muy bien qué fue, sólo que nunca antes lo había sentido y no me gustaba. Me dí unos minutos, comí unas barritas, bebí agua, tomé unas sales. . retomamos el camino y justo delante de nosotros un grupo de tres corredores empieza a parar. Uno de ellos se marea y los otros dos se quedan socorriéndole; ofrecimos nuestra ayuda pero la declinaron. Creo que no fue fruto de la casualidad que en ese pequeño «trozo» de carrera yo hubiera sentido esa mala sensación y este otro corredor tuviese que abandonar como comprobamos poco después.

Íbamos bien de tiempo; pero aún así estábamos mirando el reloj constantemente para no quedarnos fuera del control en el puerto de la Morcuera. 40 minutos antes de las 8:15 de la mañana nuestros «chips» registraban su paso. Sustituimos el agua, un poco de caldo, coca-cola, un café y un par de bollos. Rascafría aguardaba y habíamos superado el primer «coco»: la noche.

Rascafría-Puerto del Reventón-Peñalara-La Granja.

Una vez avituallados, tomamos la pista que dejaba el puerto de la Morcuera. Corríamos y andábamos. Trazado fácil, aunque se empezaban a notar las 10 horas de carrera en las piernas. “Para un momento que me revise los dedos de los pies”- le dije a Juan.  Recoloqué las protecciones que me puse; y continuamos el camino. Palabras que se convierten en frases, zancadas que se convierten en kilómetros; así transcurre la carrera. Antes de llegar a Rascafría, tenemos la suerte de encontrarnos con un par de corredores conocidos: Charly y Paco. Con ellos la llegada al avituallamiento se hace distendida, alegre y llena de risas.

En Rascafría parada obligatoria para reponer fuerzas y revisar los pies. Cambio de camiseta y buff, llamada a la familia. Intercambio de impresiones con David, preocupado en todo momento porque no nos faltara de nada: agradecimiento eterno.

Sobre las 11:00 de la mañana dejamos Rascafría y tomamos el camino hacia el Puerto del Reventón. En el sendero de ascenso rodeado de árboles empiezo a notar el gemelo izquierdo amenazante, lo estiro y lo “mimo”; parece que se queja pero menos.

Dejamos el sendero y comenzamos a caminar por pista bajo un sol de justicia. Zeta, curva y ascenso; zeta, curva y ascenso; zeta, curva y ascenso.. “No paramos de subir”-comento a Juan. Hablamos con varios corredores, la mayoría del trail de 65 kilómetros; y nos dan ánimos para lo que nos queda.

Por fin llegamos al avituallamiento y control obligatorio; comemos, bebemos, recargamos bidones. Me tiro al suelo y Juan me acompaña. Charly, que llegaba acompañando a Paco; me estira el gemelo izquierdo que seguía intentando subirse desde que salimos de Rascafría. Me puso el cortavientos para que no me quedara frío, pues ya andaba tiritando debido al cambio de temperatura.

No sé si fueron dos o veinte minutos el tiempo que permanecimos tirados; pero me ayudó a recobrar fuerzas. Bueno eso y las chuches de cafeína de Charly; sino son por ellas me habría quedado dormido con los ojos abiertos.

Retomamos la marcha, ascendente en dirección a la Cresta de Claveles. Tramo en el que Juan sufre una “petada”, decidimos parar y se sienta. Me siento a su lado y aparecen Paco y Charly nuevamente; nos unimos a ellos para llegar a los pies de Peñalara. Sin pensar: bastón, pierna; bastón, pierna.. Charly nos abandona, tras realizar 40 kilómetros de entrenamiento para su aventura en Mont Blanc. Eternamente agradecido.

Peñalara permanece impasible y férreo a nuestra llegada; algunos corredores tienen claro que se van a retirar, pero no nosotros. Rachas de viento en la cumbre esperan nuestro paso.

Plegamos los bastones y nos abrigamos bien; en Claveles debemos estar concentrados cien por cien en cada zancada y minimizar el riesgo de caída lo máximo posible: debemos cruzar ida y vuelta.

El ascenso rápidamente se convierte en un cambio de la bipedestación a la cuadrupedia: es increíble como el instinto animal que tenemos en el interior cambia la función de las manos.

Piedra, piedra, pedrolo, piedra, piedra.. y aparece Claveles. Yo ya lo conocía, hacía apenas dos semanas había cruzado por allí. Pero ahora con el viento y tras 15 horas de carrera, cruzarle parecía un mundo. Juan iba delante, asegurando cada pisada. Cruzamos, lentos y seguros; pero cruzamos. Subimos al control obligatorio en lo alto de Peñalara, “fichamos” y decidimos comer y beber algo. Tras la “comida” nos dirigimos a cruzar de nuevo Claveles, ahora en sentido opuesto. Siempre prefiero subir que bajar, de hecho le he cogido cierto gustillo a ascender con los bastones. La bajada la hacemos de nuevo lenta, pero segura – “Es el ecuador de la carrera y hay que llegar vivos a la Granja”-pienso.

Dejamos Peñalara y su imponente pared, tomamos un sendero a la izquierda. Sendero lleno de piedras y ramas, que dificultan el camino. En este punto correr se antoja complicado; el cansancio hace ya mella en nosotros.

Se nos hace más largo de lo esperado, tras recargar los bidones en el avituallamiento; nos situamos por un camino pegado al río. Camino cuya monotonía parece no terminar.

Comenzamos a bajar, buena señal -pienso- y tras un rato empezamos a ver los primeros signos de civilización: carretera, puente y coches. Juan va un poco más atrasado que yo, el sol calienta sobre nuestras cabezas; pero saber que mi familia está esperando me hace sacar fuerzas y ponerme a correr: estaba deseando verlos.

Me lanzo a la carrera, tomo la carretera; sólo un giro más y llegaré al avituallamiento. Giro, y paro. Al fondo mi familia con los brazos en alto; por la calle que había bajado corriendo veo a lo lejos a Juan. Le espero. Llegaremos juntos al avituallamiento.

Reencontrarme con mi familia me llena de energía, sus besos, abrazos y ánimos son endorfinas que hacen olvidarme del dolor y el cansancio.

Una vez en el avituallamiento de la Granja pido hielo para los pies, pasta para recuperar, sándwich de nocilla para recargar.. libero mis pies de las zapatillas y los mimo. Aplico hielo en la planta y dedos, reviso las protecciones, y desentumezco los dedos. Observo a Juan, está cansado; y por primera vez me planteo que quizá tengamos que abandonar. Me fijo en su postura y sus gestos, algo me dice que su cuerpo no quiere seguir. Pero el cuerpo hace lo que la cabeza quiere; y decido que si mi estado de ánimo es bueno y era capaz de transmitírselo, llegaríamos a meta.

“Ha llegado el momento de continuar“-  pienso. Tras ajustar de nuevo las zapatillas, nos colocamos de pie dispuestos a completar los últimos 30 kilómetros de carrera. Algunos corredores permanecen sentados, sin el más mínimo gesto de querer continuar: su decisión ya estaba tomada. Me despido de mi familia, mi motor en esta carrera.

De repente un voluntario saca un cartelón: “Abrazos gratis”. Nos abrazamos, de fondo se unen la letra de «Fiesta pagana» y los aplausos de la gente. Llevamos unas 18 horas de carrera, pero la motivación es máxima por llegar a meta. Mi sonrisa me delata.

Casa de la Pesca-Puerto Fuenfría-Puerto Navacerrada-Navacerrada.

El camino pronto nos aleja de la ciudad, para llevarnos por el cauce del río. La casa de la Pesca nuestro siguiente objetivo. Pero no iba a ser tan fácil. Comienza a caer una fría cortina de gotas de agua sobre nosotros, el terreno se humedece. Llegados a este punto, las fuerzas para correr son inexistentes. Caminamos, rápido y sin pausa. La verdad que nuestra técnica ha mejorado mucho con respecto a la Madrid-Segovia. Ahora somos nosotros los que adelantamos a otros corredores.

Las mismas piedras, el mismo río, el mismo sonido del agua.. mentalmente este tramo es complicado por la monotonía. “Esto no acaba nunca” – le comento a Juan.

Tras un largo período de tiempo que no sabría cuantificar, al fondo y después de cruzar el río; aparece una estructura blanca y una furgoneta. Por fin salimos del trance, estábamos en el avituallamiento. Eran casi las 20:00 de la tarde. Una voluntaria nos comunica que los corredores estaban tardando unas dos horas y poco en llegar al Puerto de Navacerrada. Recargamos y nos damos unos minutos sentados, pero al poco miro a Juan – “Vámonos de aquí ya para no perder más tiempo”

Empezamos el ascenso al Puerto de la Fuenfría por la carretera. Pasos cómodos, rápidos y arropados por otro corredor que empieza a hablar con nosotros. Charlamos sobre la dureza del camino, sobre próximas carreras.. a estas alturas el asfalto nos parecía un oasis. Pero poco duró nuestra dicha, enseguida tomamos un camino de tierra que nos obliga a levantar la mirada. Miro a Juan y no sabemos si reír o llorar. No se ve el final de la cuesta, parece llegar al infinito.

Bastón, paso, bastón, paso, bastón, paso; mirada arriba, sigue la cuesta; bastón, paso, bastón, paso.. comenzamos a adelantar a otros corredores. La técnica no será la mejor, pero subimos rápido; buena señal.

El espacio y el tiempo no importan, seguimos subiendo; bastón, paso, bastón, paso.. -“Juan, ya estamos casi arriba” – Por poco se pone a llorar de felicidad. Control de chip, llenamos los bidones en una fuente natural. Comimos unas barritas y comentamos el ascenso. El siguiente objetivo era el Puerto de Navacerrada; llegaríamos a través del camino Schmidt.

Retomamos los pasos, y otra pareja de corredores se sitúan a nuestro lado. Empezamos a maldecir nuestra suerte, el ascenso, las piedras del camino.. antes de darnos cuentas el atardecer dejaba paso a la noche, y nos pusimos los frontales y cortavientos de nuevo. De repente escuchamos música, una señora muy maja con su hija nos recibía con la música del “Where are the champions” al término del camino Schmidt. Tomamos la carretera; el avituallamiento, y mi familia; estaban a escasos 200 metros.

Serían sobre las 23:00 cuando a lo lejos pude verlos, esperando con sus brazos en alto, sus ánimos y sus sonrisas. Por el contrario nuestras caras eran de cansancio, fatiga y “apaleamiento”. Lo notaron rápidamente, y enseguida nos llevaron a sentarnos al avituallamiento. Una manta para cada uno. Sentados, así nos quedamos; mientras los míos nos facilitaba agua, coca cola, sándwich de nocilla, donuts.. “Apenas quedan 10 kilómetros” – dijo mi padre. Pero yo sabía cuáles eran esos kilómetros, y fáciles no iban a ser.

En mi interior estaba enfurecido pues intuía el camino para bajar por la Barranca. Nada de pista como decían, piedras sueltas, de todos los tamaños y formas; tubería y un descenso nada fácil en la oscuridad de la segunda noche.

Cogí toda esa rabia y sin mirar atrás me puse en cabeza. A Juan y a mí nos volvían a acompañar los dos corredores que hicieron todo el tramo desde el Puerto de la Fuenfría al Puerto de Navacerrada junto a nosotros.

Así los cuatro comenzamos el camino, pero está unión duraría poco. Antes de empezar a descender uno de ellos tiene problemas con su rodilla. La inestabilidad del terreno, la oscuridad y lo complejo del camino hacen que su ritmo no pueda ser similar al nuestro, nos piden que continuemos y no nos preocupemos. Y eso mismo hacemos, no sin antes desearles suerte para llegar a meta.

La bajada por la Barranca fueron los peores kilómetros. Los pies edematosos ya no me entraban en las zapatillas, prefería llevarlas sin atar y doblarme el tobillo que sentir la compresión del calzado en mi piel. La vista no alcanzaba a ver correctamente las balizas. El sueño y la fatiga empezaban a llevarme por el camino de la desidia. Para cuando llegamos al control de la Barranca apenas quedaban fuerzas para poco más que andar. Cada paso era un castigo, mis pies estaban llenos de rozaduras e hinchados; mi tobillo derecho inflamado después de no sé cuantas decenas de veces se había doblado. Caminar sobre la pista era como hacerlo descalzo sobre un sendero de brasas de fuego.

Apenas quedaban dos kilómetros a meta, y comprendimos que el sub25 horas era imposible. Pero estábamos satisfechos, más despacio que deprisa llegaríamos a meta. Juntos.

En la entrada a Navacerrada las primeras personas que nos ven empiezan a felicitarnos y aplaudir.

Ya lo teníamos. Debatíamos sobre si entrar corriendo o no a meta; lo cierto es que yo no era muy partidario. Pero cuando estábamos empezando a tocar «moqueta» enfilando hacia los arcos de meta, Juan me convenció.

Un suave trote para mis maltrechos pies, aunque a decir verdad no sentí dolor. Tampoco rabia, ni felicidad. Dejé de sentir y observé a mi alrededor como en un trance, como en un sueño del que no quieres despertar.

Mi familia al fondo animando, con sus ánimos, su sonrisa, sus miradas llenas de cansancio pero orgullosas por lo que estaba consiguiendo.

Cruzamos la meta. La atravesamos en 25 horas y 20 minutos. Lo habíamos hecho, los Ultra Bros habían conquistado Peñalara.

Abracé a Juan, sincero; lleno de respeto, cariño y admiración. Agradecido por su esfuerzo, valentía y coraje para seguir adelante a pesar de los obstáculos. Cuando lo necesité él tiró de mi, sin dudar ni vacilar; sin una mala cara, sin un mal gesto; sólo su eterna sonrisa y bendita paciencia.

Está carrera era por y para los míos: en los momentos de flaqueza pensar en ellos me dió la fuerza necesaria y la determinación para continuar. Yo soy quien cruza la línea de meta, pero tras cada objetivo conquistado están su cariño, esfuerzo, ayuda, comprensión,  y respeto. Gracias por ser un ejemplo constante en mi vida.

Tras 116 kilómetros, 25 horas y 20 minutos el Gran Trail de Peñalara llegaba a su fin; y comprendí que lo importante no fue correr, sino vivir.

#tuslimiteslosponestu

 

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