Feliz en la montaña.

Decidí correr «La montaña solidaria» a última hora, apenas dos semanas antes de su celebración. Lo hice sin mirar el perfil, ni siquiera el recorrido.

Eso lo dejé para el día de antes; recogiendo el dorsal observé los datos más técnicos de la carrera, y enseguida me percaté que no iban a ser 42.195 metros y 2025+D fáciles.

A las 8:50 de la mañana del sábado me dirigía hacia la salida, en el parque de la Bolera (San Lorenzo del Escorial). Un gris y amenazante cielo cubría mi cabeza; el frío también acompañaba. Los días previos había llovido bastante en la zona por la que transcurría la carrera; por lo que esperaba un terreno embarrado y complicado.

Una vez en la salida me sitúe en la parte media, ni muy adelantado ni atrasado: en el equilibrio está la virtud. A mi derecha aguardaban familiares regalándome sus ánimos y miradas cómplices, sabedores de que sería una carrera exigente.

Se inició la cuenta regresiva, desde diez para ser exactos. No estaba nervioso, sólo quería empezar la carrera.

Tres, dos, uno… empecé a correr y miré hacia mi derecha; me despedí de los míos, y enfilé la calle en dirección hacia la primera subida: el Monte Abantos.

La subida duró unos 8 kilómetros hasta la cima situada a 1.753 metros de altura. Afortunadamente llevaba mis queridos bastones, y aunque complicada por el frío, el barro, el viento y la niebla; pude coronar esa cima. Una vez arriba no pude disfrutar de las vistas, las nubes no dejaban ver poco más que los árboles que teníamos alrededor.

Tres kilómetros descendiendo y llegué al segundo avituallamiento; punto en el que los corredores podían elegir correr completa la carrera o bien hacer un recorrido corto de 20 kilómetros: ni que decir tiene hacia dónde dirigía mi mirada.

Apenas estuve unos minutos; el tiempo justo de cargar los bidones y comer un par de golosinas.

Mis siguientes objetivos eran la presa del Tobar, el río Aceña y el edificio de la Escuela de Pesca. El recorrido fue agradable en toda su extensión salvo por una bajada técnica sobre el kilómetro 15: en el que pude ver caer a más de uno, dejándose parte de las manos ensangrentadas en las rocas.

19 kilómetros después de la salida, encontraba un nuevo avituallamiento: repuse los bidones y continué; cuatro kilómetros me separaban de Robledondo y el cuarto avituallamiento.

Enseguida me percaté de que mi ritmo de carrera era bastante bueno; cuando llegaba a los avituallamientos había poca gente, e incluso me situaba por delante de otros corredores que parecían mucho más “pro” que yo. “Queda mucha carrera, y la montaña es impredecible” – pensé.

Los kilómetros pasaron rápidos y sin más contratiempos que los propios del recorrido, me sentía cómodo siguiendo el sendero marcado; y enseguida empecé a ver los primeros indicios de civilización.

Dediqué algo más de tiempo en Robledondo y su avituallamiento: geles, gominolas y algo de isotónico; eso sí el agua de la fuente del pueblo. Raudo me repuse y reanudé mi camino, quería intentar perder el menor tiempo posible en las paradas.

Nada más comenzar me resguardé del frío con el cortaviento y los guantes; el día seguía mostrando su cara menos buena en cuanto a climatología. No habían pasado ni 500 metros cuando empezamos a ascender, entre la niebla y el viento, el barro y el frío. Desplegué nuevamente mis bastones y me puse manos a la obra: siete kilómetros duraría el ascenso hasta Risco Alto.

Puedo afirmar que es la vez que mejor me he encontrado subiendo por la montaña. Cada vez le estoy cogiendo más “gustillo” a eso de ascender. Pude adelantar a más de un corredor con número de dorsal «bajito»; hecho que me supuso una inyección de adrenalina y un extra de energía. No pensaba en otra cosa que no fuera llegar a esa cima.

El kilómetro 30 llegó y con él, el final del ascenso. A partir de ahora tocaba una “agradable” bajada hasta la meta de 12 kilómetros.

Decidí que no perdería más tiempo en avituallamientos; iba suficientemente bien hidratado y con suficientes reservas como para no tener que hacerlo hasta el final de la carrera.

Aunque las condiciones climatológicas no acompañaban y el terreno embarrado hacía del camino una pista de patinaje; descendí rápido pero seguro, tratando de evitar una caída tonta o torcedura que lastrara toda la carrera.

Todo iba sobre ruedas, o mejor dicho sobre mis pies. Situado por delante de un pelotón de corredores bastante experimentados y las sensaciones que tenía no podían ser más buenas. Pero tras un rato empecé a notar el cambio de temperatura, y sentí que perdía demasiado líquido con el cortaviento puesto.

Tuve que tomar la decisión que no quería: parar, quitármelo y meterlo en la mochila.

Fueron apenas tres o cuatro minutos, tiempo suficiente para que el pelotón me pasara como un obús sin miramientos. Eliminé todo pensamiento de resignación y volví al camino: sólo quedaba disfrutar el resto del descenso hasta la meta.

Me propuse intentar recuperar parte del tiempo perdido, y así lo hice.
Corrí y sufrí, pero enseguida pude coger la parte trasera del pelotón.

Desde ahí a la meta sólo pensé en correr todo lo rápido que dieran mis piernas. En cuanto llegué a tocar asfalto, me puse a 4:30 el kilómetro de media; y la imagen de la meta ya se dibujaba en mi mente.

Izquierda, recto 300 metros, ahora la derecha.. y al fondo veo su eterna sonrisa. Me acompaña hasta la meta.

5 horas 53 minutos tiempo neto según la clasificación, inmensamente feliz según mis sentimientos.

Feliz por no doblarme ni una sola vez los tobillos, feliz por controlar mejor el ascenso y descenso, feliz por saber sufrir las inclemencias del tiempo, feliz por haber sido capaz de situarme delante de muchos durante un tiempo, feliz del reconocimiento de otros corredores por mi carrera.

Pero sobretodo feliz por volver a ver una meta tras correr mis queridas montañas.

#tuslimiteslosponestu

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