Madrid, Madrid, Madrid.


Que no me lo pondría fácil lo sabía; que el objetivo era usarlo de entrenamiento también; pero aún así que complicado fue mi querido Maratón de Madrid.

Apenas pasaban unos minutos de las siete de la mañana y ya estaba con el ojo abierto y las mariposas atrapando mi estómago. Desde que me levanté intuía que lo de correr un sábado no era buena idea, pero fue la mejor solución por parte de la organización ante la papeleta que se le vino encima con las elecciones generales.

A las 8:30 ya estábamos por la plaza de Colón, en dirección a la salida. Los nervios apretaban y se notaba en el ambiente. Si te fijabas en la cara de los corredores se podían leer sus pensamientos como en un libro abierto; y es que  los 42.195 metros de Madrid causan mucho respeto por su desnivel y dureza.

Dedicamos algo de tiempo para las fotos de rigor con Juan, Ester y Tomás; unos últimos retoques con vaselina y enfilamos el camino hacia el cajón de salida.

A las 9:15 puntual, sonó el disparo de salida. Es indescriptible ese ruido de miles de zapatillas golpeando el asfalto, como formaciones de combate que se dirigen a la batalla. Decidí salir conservador e intentar mantener un ritmo estable de entre 4:50 y 5:00 el kilómetro. Las piernas aún estaban algo fatigadas del Medio Maratón de Madrid, y prefería no arriesgar.

Sólo llevaba siete kilómetros cuando noté que hacía demasiado calor para la hora que era; que mi cuerpo estaba eliminando demasiado líquido para el esfuerzo realizado. En el kilómetro catorce se confirmó, llevaba el Buff empapado y no llevaba ni el ecuador de la carrera recorrido.

En cada avituallamiento bebía como quien encuentra un oasis en medio del desierto; conocedor de que mi cuerpo y mi mente funcionan mal cuando el calor aprieta.

Los 21.097 metros los crucé en poco más de una hora y media; bastante bien -pensé- sin saber la que se me venía encima.

El kilómetro 30 fue el punto de inflexión de la carrera; sin saber ni cómo, ni por qué las piernas dejaron de responder. Me vi corriendo «sentado», sin apenas zancada y con la sensación de que mi cuerpo no quería continuar. El reloj marcaba ritmos de seis y siete el kilómetro, un sinsentido para mi cuando hacía apenas 40 minutos mi cuerpo corría a 4:55.

Quedaban doce kilómetros a meta, doce infiernos que cruzar hasta el arco de llegada, doce muros que mi cabeza tendría que tirar abajo. Pero el asfalto no lo estaba poniendo nada fácil, y el sol de justicia que caía sobre mí me recordaba a cada momento que era más fácil dejarlo, abandonar y volver a casa.

Entonces pensé y reflexioné en todo aquello que he logrado hasta la fecha, en que nunca he abandonado una carrera, en que a pesar de las circunstancias siempre he encontrado el camino hacia la meta. Me puse en modo «ultra», mi mente sólo pensaba en otro paso, otro paso, otro paso, otro paso, otro paso.. y así una y mil veces. El objetivo se transformó de un entrenamiento de calidad a un entrenamiento mental.

Aun así, los kilómetros pasaban lentos, y pesaban en las piernas, muy deterioradas por el excesivo castigo. No sabía ni como apoyar el pie para que no doliese; si aliviaba el pie, dolía la cadera, sino la rodilla y sino el otro pie.

Pero lo cierto es que Madrid empuja; y mucho. No puedo más que agradecer los ánimos, aplausos y gritos de mi ciudad y de algunos de vosotr@s. No os hacéis una idea del subidón que supone escuchar a alguien gritar animando, tu nombre en mitad del infierno.

Y poco a poco los kilómetros van sumando y pasando; soy capaz de ver a lo lejos Atocha y su imponente público. A partir de ahí sé que está hecho, que ya mejor o peor llegaré  a meta.

Enfilar la alfombra roja es un frenesí, ver a los míos dejarse la voz animándome es un regalo divino, cruzar la línea de meta es como atravesar las puertas del paraíso.

Aunque el objetivo era utilizar el maratón de Madrid como entrenamiento de calidad para el Trail de Peñalara y Ultra Sierra Nevada; lo cierto es que durante 30 kilómetros fantaseé con la posibilidad de mejorar mi MMP en maratón.

Madrid me puso en mi sitio, y me recordó la resiliencia que habita en mi. Madrid me regaló un fin de semana increíble con mis amigos y mi familia. Madrid me abrió por séptima vez las puertas del olimpo maratoniano.

#tuslimiteslosponestu

 

 

 

 

 

 

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