Peñalara, sonrisas de calidad.

Seis de la mañana, Juan y yo salimos de casa. Mi padre espera con el coche, puntual como le había pedido la noche anterior. El camino hacia la salida del Trail de Peñalara en Miraflores de la Sierra lo realizamos en apenas 45 minutos, hablando y disfrutando del camino.

Una vez entramos al pueblo bajamos del coche, nos despedimos de mi padre, y terminamos de cargar las mochilas y los bidones.. dos de tres.

Nos encontramos con caras conocidas antes de la salida: saludos, abrazos, sonrisas y buenos momentos antes de empezar.

A las 7:20 Juan y yo accedemos a la zona de salida, nos colocamos en la parte media a la espera de que comience el espectáculo. Diez minutos después nuestros relojes gps empezaban a marcar la velocidad, el espacio y el tiempo.

Empezamos suave, sin forzar y buscando la sombra. Aunque el tiempo era bueno, nos esperaba la peor ola de calor de los últimos años.

El primer tramo de carrera fue bastante bueno, el tiempo de corte para llegar al avituallamiento del Puerto de la Morcuera no supuso ningún esfuerzo extra. Los cruasanes de nutella nos esperaban con los brazos abiertos. Aproveché para echarme crema solar, recargar los bidones y tomar el primer gel.

El tramo desde aquí a Rascafría es básicamente pista; asique corrimos, a buen ritmo, sin forzar más de lo debido; pues aún no había “empezado” la carrera.

En un momento dado, se cruzó ante nosotros una cierva, majestuosamente cruzo la pista de lado a lado en dos zancadas, y se perdió en el espesor de la vegetación. La naturaleza nos sorprendió de un modo inusual pero muy gratificante.

La entrada a Rascafría estuvo envuelta por los ánimos y aplausos de la gente; en nada estábamos comiendo, hidratándonos y recibiendo el cariño y ayuda de los voluntarios y amigos de instagram.

Empezamos la “verdadera carrera “, el ascenso al Puerto del Reventón, a pleno sol; sin nada donde resguardarnos y con litro y medio de agua a nuestras espaldas (en Rascafría habíamos cargado tres bidones de agua cada uno; pues la noche anterior creímos conveniente llevar más reserva hídrica de la aconsejada por la organización).

Polvo, sol, sudor, sequedad, calor.. así fueron los kilómetros hasta el siguiente avituallamiento. Sin una sombra, racionalizando el agua caliente para evitar una deshidtatación que nos dejara fuera de juego.

Como en un desierto vimos a lo lejos un oásis de lonas rojas de la organización dispuestas para el avituallamiento.

Tanto Juan como yo sabíamos que esto iba a ser difícil. Teníamos que cruzar Peñalara y bajar hasta el Puerto de Cotos con solo un litro y medio de agua, a mediodía y sin una sombra bajo la que refugiarnos.

Nos pusimos manos a ello, o bueno mejor dicho; pies a ello. No sin antes refrescarnos con agua o como yo echándomela directamente sobre el buff para aliviar el intenso calor.

Peñalara se veía a lo lejos, como un Goliat a la espera de su David; imponente e inamovible.

En este tramo hasta las faldas del gigante, decidimos correr lo que pudiéramos para así recortar algo de tiempo. Aunque mis pies empezaban a sentirse algo incómodos por el calor, hinchazón y sudor.

Cuando quisimos darnos cuenta se situó ante nosotros Peñalara y su pared, que debíamos subir para atravesar Claveles y comenzar el descenso hacía el siguiente punto de avituallamiento.

Sentí que mis ojos empezaban a fallar, era como no enfocar bien; y los fantasmas de mi primer ultra volvieron al presente.

Despacio, piedra a piedra y con mucho tiento; cruzamos. Sonó el “pip” de que nuestro chip había dejado constancia de nuestro paso por allí, y enfilamos el descenso.

Demasiado polvo, demasiada tierra, mis ojos habían empeorado aún más su enfoque. Mis piernas no iban bien, mi cabeza estaba deseando abandonar, no podía apenas correr. Tuve que pedirle a Juan unos minutos sentados a pleno sol, y él me los concedió.

No sé cuánto duró el descenso, pero cuando llegamos al Puerto de Cotos me fijé en los kilómetros que llevábamos hasta ese momento.. cuarenta y nueve.

Busqué una silla y agua, tomé alguna barrita, gel y sales minerales. Pero me notaba destemplado: las manos frías y con fatiga. Se lo comenté a Juan y esperamos un poco más. La sombra de mi abandono planeó por mi cabeza. Abrí el botiquín y me enjuagé mis ojos con lágrimas artificiales, en un abrir y cerrar de ojos volví a enfocar y ver bien.

Me sentí algo mejor y con ganas de continuar. Miré a Juan, estaba cargando sus bidones. 

Retomamos el camino, hidratados y con un objetivo.. la Bola del Mundo.

El ascenso fue de nuevo bajo el sol, pero su fuego ya no era tan intenso. Los bastones facilitaban nuestra tarea, y las ganas de llegar nos impulsaban.

Juan empezó a no encontrarse. La misma pájara que había tenido yo bajando de Peñalara la estaba sufriendo él ascendiendo al alto de las Guarramillas.

Hasta en esto nos compenetremos en carrera, si yo estoy mal, él está bien; y viceversa.

Subimos, con alguna parada; pero poco a poco el desnivel iba cediendo bajo nuestros pies. Llegamos a los “cohetes”, la cima era nuestra. El avituallamiento estaba  a unos cien metros de distancia.

Cargamos por última vez los bidones, apenas quedaban 10 kilómetros a meta; y venía uno de los tramos que mejor conocía. Descender la Barranca hasta Navacerrada.

No sé ni cómo ni de dónde, pero sacamos fuerzas para empezar a descender corriendo este tramo. A buen ritmo superamos a otros corredores que nos iban dejando paso; creo que tan alucinados como nosotros de que a esas alturas fuéramos a ese ritmo.

Llegamos al parking de la Barranca en unos 40 minutos, clavado a mis entrenamientos previos al Trail de Peñalara. Si nos llegan a decir eso hace dos horas, nos habríamos echado a reir.

Desde este punto apenas quedaban cuatro kilómetros de recorrido. Continuamos corriendo aunque a menor ritmo. Sabíamos que lo habíamos logrado, pero aún quedaba llegar a meta.

El pueblo apareció ante nosotros y con él las primeras felicitaciones. Escuchamos la voz del speaker, no quedaba nada.

Enfilamos la calle principal y a la derecha animaban, sonreían y aplaudían con más energía: era mi familia. Les devuelvo el cariño que me regalan con unos aplausos como muestra de agradecimiento.

Los arcos de meta aparecen ante nosotros; elevo los brazos y sonreímos. Cruzamos la línea de meta tras 11 horas y 30 minutos.

El objetivo se había logrado: entrenamiento de calidad para Ultra Sierra Nevada.

Pero habíamos logrado otro aún mayor, después de 65K +2700 atravesamos sonriendo y disfrutando la línea de meta

#tuslimiteslosponestu

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