Volver.

La X Madrid-Segovia estaba marcada en el calendario desde hace unos meses. La idea de recorrer de nuevo los 103 kilómetros que separan ambas ciudades era un bálsamo después de nuestro abandono en Ultra Sierra Nevada.

Conocíamos el recorrido, sabíamos de lo que éramos capaces.. ¿qué podía ir mal?

Madrid-Tres Cantos.

A las 4:59 de la mañana nos encontrábamos en la salida; con los gps esperando el disparo de salida, Es curioso lo largo o corto que puede ser un minuto según las circunstancias.

Puntuales partimos, bajo la atenta mirada y los ánimos de nuestras “supporters”; siempre agradecidos por su luz en el camino.

La noche era oscura, el haz de los frontales hacían su trabajo; las piernas frescas sumaban metros a cada zancada.

Todo parecía ir a pedir de boca.. hasta que apareció el primer obstáculo del camino. Las fuertes lluvias del día anterior habían hecho que en la Cañada el curso seco de años anteriores; fuera una tubería desaguando. Tres veces tuvimos que cruzarla, y tres veces las zapatillas se sumergieron hasta el tobillo.

La sensación de correr con los calcetines y zapatillas empapadas durante unos kilómetros es desagradable; hacerlo sabiendo que hasta el kilómetro 50 no podrás cambiarlos es un ejercicio de paciencia: pero esas eran las cartas que nos habían tocado, y aceptamos el «juego».

Sellamos en Tres Cantos, sin apenas corredores a nuestro alrededor; lo que quería decir que nuestro ritmo era bueno, realmente bueno.

Tres Cantos-Colmenar Viejo.

Retomamos, tras beber y comer algo; hacia el carril bici dirigimos nuestro camino. La noche todavía era oscura, pero llevadera; sin demasiado frío.

Juan y yo hablamos sobre lo bien que íbamos, sin tener ni idea de la que nos esperaba.

Llegó el avituallamiento de Colmenar, sellamos y comimos en tiempo récord. Antes de darnos cuenta estábamos saliendo por la puerta del colegio, dejando constancia de nuestro paso en el lector de chips.

Colmenar Viejo-Manzanares el Real.

El alba nos abrazó abandonando Colmenar Viejo; íbamos rápidos y con determinación, el objetivo era llegar a meta en 12 horas. Aunque poco balizado conocíamos el camino y pronto nos encontramos sellando nuestras credenciales en el Puente Medieval, tras un tramo muy favorecedor para nuestras piernas.

En este punto sólo nos quedaban unos cómodos kilómetros hasta Manzanares el Real, dejándonos «caer» hacia el castillo que aguardaba en el horizonte.

Manzanares el Real-Mataelpino.

En Manzanares recargamos bidones, comimos algo y estiramos. A la entrada había notado amagos de subirse el gemelo derecho, probablemente por el ritmo alto que llevábamos durante toda la carrera. Juan sin embargo estaba fresco y con fuerza.

“Estoy listo, Juan” – nuestra cabeza ya pensaba en el kilómetro 50.

Este tramo volvió a ser muy favorecedor, sin gran dificultad técnica, sumando metros a nuestras piernas arropados por el sol y su calor.

La entrada a Mataelpino fue buena, hacía seis horas que habíamos empezado la carrera; y nos encontrábamos con fuerzas.. y hambre. Engullí dos platos de pasta, mientras Juan atacaba las galletas de chocolate.

Sequé mis pies, cambié las protecciones y calcetines; más preocupado por el aspecto de la planta del pie que empezaba a agrietarse por tanta humedad que por los kilómetros que quedaban. Pero esto es la ultradistancia y hacia Cercedilla marchamos.

Mataelpino-Cercedilla.

En este tramo, Juan y yo apretamos los dientes. Al paso por el parking de la Barranca las nubes negras situadas en la Bola del Mundo amenazaban con descargar toda su furia. Pero por suerte para nosotros se contuvieron. Perdimos poco tiempo en el avituallamiento y cuando el reloj marcaba las ocho horas de carrera, nuestras zapatillas pisaban el suelo de Cercedilla.

Hicimos una parada larga, 20 minutos en los que cambié mis protecciones de los pies y la camiseta; comimos algo y empezamos a ver como las nubes se situaban sobre nuestras cabezas.

Decidimos ponernos los cortavientos, y la lluvia no tardó en aparecer. Fina y débil, pero nos estaba avisando de su llegada a la carrera.

Cercedilla-Puerto de la Fuenfría.

Nos despedimos de nuestras supporters, y enfilamos la carretera. Atravesamos el pueblo, dejando atrás la mítica estatua de Paquito Fernández Ochoa; y fuimos hacia la Calzada Romana.

La lluvia se hizo más intensa y el camino de tierra empezó a convertirse en un terreno blando que cedía bajo el peso de nuestros pies.

El ascenso a la Fuenfría aunque por pista es constante; la lluvia rápidamente se acompaña de niebla, viento y frío: los cuatro jinetes del apocalipsis ante nosotros.

Correr se antoja complicado. Por la fatiga, por el terreno húmedo, por el frío que se nos mete por los huesos y nos paraliza. Decidimos andar, todo lo rápido que podemos; los bastones son nuestro apoyo en la interminable subida.

El tiempo no importa, lo único urgente es mantener el tronco y la cabeza calientes; evitar la hipotermia y el abandono. No sé cuánto tiempo caminamos, pero a lo lejos pudimos verlo; el control de paso y avituallamiento del kilómetro 79,2.

Apenas 3 minutos, ese fue el tiempo que paramos; pero lo suficiente para que el frío y el viento nos dejara rígidos y tiritando. Retomamos el camino, andamos con las piernas como cañas de bambú que se partieran con cada pequeño gesto; los pies hace varios kilómetros que estaban plenos de dolor.

Comenzamos a bajar, la niebla desaparece; la lluvia, el viento y el frío pronto nos abandonan. Entramos en calor y nuestro cuerpo empieza a trotar.

Puerto de la Fuenfría-Segovia.

Dejamos Mordor tras nosotros; y aunque cansados y doloridos nos dirigimos sin pausa hacia Segovia. El terreno es fácil, pero después de 95 kilómetros; las piernas y los pies tienen las fuerzas justas.

Juan me habla de correr, yo le digo que imposible por el dolor de mis pies. Pero imposible es sólo una palabra y aunque con alguna parada y el cariño y dedicación de Juan; lo hacemos. Corremos a 6 y pico el kilómetro, después de todo lo que llevábamos encima; hablando de una y mil historias que siempre están en nuestra mochila de distracción de un ultra.

El camino favorece, y pronto vemos las primeras casas: pisamos el asfalto de Segovia.

Segovia: Acueducto.

Según recoge la RAE en una de sus acepciones volver es “ir al lugar de donde se partió.”

Y allí estábamos, dirigiendo nuestros pasos al acueducto; sin hacer caso al dolor ni la desidia. Simplemente corremos hacia la meta saboreando el momento, sintiendo en cada poro de de nuestra piel.

Tras varios kilómetros «callejeando»; se ve al fondo de la calle, fiel testigo del paso del tiempo el acueducto.

Tan solo queda un pequeño giro a la izquierda..

Volvimos a cruzar la línea de meta de mi primer «ultra», volvimos a la carrera donde nacieron los #UltraBros , volvimos a reír, llorar, sufrir, disfrutar, a agotarnos y sentirnos invencibles, volvimos a abrazarnos en meta.. Volvimos a empezar.

#tuslimiteslosponestu

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